27 de Marzo de 2011
En el Rancho
De la misma manera en que no se corta una rosa solo porque sí, de la misma manera no se puede, no se debe escribir por escribir. No se debe pensar lo que se quiere escribir, aunque a veces convenga. Mucha y más mano, menos miedo. Se escribe persiguiendo sueños, regando en el jardín del hoy las ilusiones de mañana.
Entonces la mano se vuelve intérprete del cuerpo entero, desde el corazón hasta el dedo gordo del pie. Y la mano se vuelve cómplice de la tinta que utiliza el escritor de antaño y los dedos dirigiendo sinfonías en el teclado, enemigos declarados de la grabadora de voz.
Cómplices y confesores, que con paciencia escuchan las declaraciones de este amor y las inmortaliza, ante los ojos ya cansados por la larga jornada. La tinta avanza. Palabras que yacen sepultadas entre tachones, a gusto del inquisitivo editor y verdugo del corazón, el cerebro.
Y en este maratón de noches en vela, el primer testigo en ser interrogado es el loco corazón. Se declara culpable. Impotente por no poder saltar de mi pecho para ir corriendo a buscarte, y encontrarte. Mi corazón, ciego guerrero de mil batallas que lleva por bandera tu nombre.
Dentro de este mar de emociones, mis labios son minusválidos cuando no están cerca de los tuyos. Se valen de mano y tinta para traducir un "Te Quiero" al papel; se desesperan, se muerden buscando la sangre pues no atinan cómo dejarte un beso en esta carta.
Sin ti, mi voz no tiene destinatario. Y las palabras dulces y tiernas se esconden lejos, cerca de mi estómago. Todo lo escucho negro.
Mis ojos padecen un agudo cuadro de depresión. Busco tu mirada en las nubes y tu caricia en el viento, en vano. Entonces, de nada les sirve contemplar cuatrocientas cincuenta y cuatro rosas en el jardín.
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