"La oración es movimiento de la fe. El que conserva la fe ora, de un modo o de otro.
En la vida espiritual, como en la vida en general, nos convertimos, unos respecto a otros, en incógnitas difíciles de entender, cuando una misma fidelidad se manifiesta en conductas muy divergentes y hasta apoyadas en principios del todo opuestos.
Nadie ora apoyándose únicamente en la buena voluntad; hace falta que la oración sostenga y que el silencio nutra.
Si pues la vida se mete a oleadas por los sentidos, por la inteligencia y por el corazón, ¿de qué manera una existencia ardiente como llama se acomodará a un silencio, a un recogimiento y a una oración prolongada que se parece más bien a las cenizas?
Es la prisa por vivir su vida la que hace más difícil la oración. De ese modo, 'el amor a la vida' hace más difícil la oración, y el servicio a los demás acaba por no dejarle sitio.
La oración no es actividad psicológica de reflexión, ni tampoco de introspección. La razón es que (el individuo) ya sabe darse cuenta de que los pensamientos que él forma en esa clase de meditación vienen más de él que de Dios, y que, en el diálogo interior que allí se entabla, él mismo formula las preguntas y da las respuestas. Ya necesita de otra cosa y será tiempo de escuchar, con un mínimo de reflexión activa, la Palabra de Dios, tal como le llega, por ejemplo, a través de la Sagrada Escritura.
La oración muy sencilla, muy despojada, sostenida por algunas palabras de la Escritura, y que se convierte en presencia silenciosa ante Dios, que se hace presente, es el camino por donde habría que ayudar (a los jóvenes) que están en peligro de 'dejar la oración'."
Del libro: Orar con Madurez
Por: Edouard Pousset, et. al.
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