domingo, 10 de julio de 2011

Donde fuego hubo...

Donde fuego hubo, cenizas quedan. No porque sean los restos; sino porque en sus adentros la ceniza también arde como el fuego más intenso, aunque guardando las modestas proporciones. No ilumina, pero es su braza la que quema.

Donde fuego hubo, cenizas quedan. Cuántas veces lo he escuchado. Cuántas veces y sin sentido. Siempre pensando en el fuego que se extingue, pensando en las cenizas como el despojo de lo que ardió, lo que alguna vez fue madera, aire, combustible y un cerillo. Desecho, basura... ceniza.

Donde fuego hubo, cenizas quedan. Porque ni el mismo fuego puede consumir la ceniza. Aún bajo la danza frenética de la propia flama, la ceniza descansa y arde y vuela: ese es el espíritu eterno de la ceniza después del fuego, volver a vivir y después volar.

Donde fuego hubo, cenizas quedan. La ceniza no es pasado, es presente. No simple recuerdo de que en ese lugar ardió fuego, sino de que la ceniza arde aún después del fuego: un instante después de la vida, no una fotografía de la vida que fue; historia después de la historia, nunca un poema de despedida.

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